Por Lucas Lucero

Para Pierre Bourdieu, Sociólogo Francés, la pertenencia a una clase social se expresa en una diversidad de variables más amplia que la relación de los individuos con la esfera económica. No solamente el dinero y las propiedades son muestra de que un agente ocupa un lugar en la estructura. El lenguaje que usa, la manera en que habla, se mueve y porta su propio cuerpo, los discos que escucha -entre otros consumos culturales- y un sin fin de características hacen que un individuo sea parte de una clase social.

Redes Sociales

Bourdieu muere en el año 2002, mucho antes de la explosión de las redes sociales. Es por eso que se hace necesario reflexionar acerca de la relación entre las nuevas condiciones de interacción que nos ofrecen estas herramientas digitales y lo que Bourdieu llama habitus. El habitus es una manera de percibir y actuar que esta íntimamente relacionada con nuestra posición de clase. Es la herencia que recibimos al nacer y que aprendemos en el hogar: desde ahí se forma nuestra subjetividad, nuestros gustos y preferencias, nuestras maneras de apreciar a otros que también forman parte de esta sociedad, así como también nuestras respuestas ante determinadas situaciones. Como toda tradición sociológica, borra el clásico mito del self-made, del hombre que se hace así mismo, que es único e irrepetible, transparente en sus intenciones, voluntades y deseos. En su libro La Distinción, Bourdieu, afirma que tanto el consumo, como la producción cultural van a estar en estrecha correlación con la necesidad de afirmar la pertenencia a un grupo social y, como contracara, de diferenciarse del resto. También, intentando desligarse de una concepción “mentalista”, la cuál había abrazado en un principio de su obra, va a dedicar una cantidad no menor de párrafos a la relación entre habitus y cuerpo. ¿Cuál es una de las funciones del habitus, sin ser esta la principal? Mostrar una imagen. El habitus que portamos todos nos “programa” para tener una apareciencia que nos permita acceder a los beneficios – o perjuicios, depende en que lugar del mapa estructural nos encontremos- potenciales en el juego que nos propone la sociedad. Es aquí donde las redes sociales, sobre todo Instagram, que es la que más centro pone en la imagen, potencian esta función del habitus. Como en el primer capítulo de Black Mirror de la tercer temporada, donde el acceso a una casa o a ciertos bienes esta dado por el promedio de “likes” que tiene cada persona, el Instagram es una desfiladero de poses sobre lo que consumimos, la manera en que cuidamos o descuidamos nuestro cuerpo, los lugares a los que viajamos, fotos de nuestros libros y discos, frases motivacionales y un largo etcétera, donde se busca comunicarle al mundo que pertenecemos a algún peldaño de nuestra sociedad (o a uno al que queremos pertenecer). Si uno quiere presentarse a un trabajo, promocionar un libro o disco en algún medio por citar dos ejemplos de actividades que podemos hacer, es muy probable que del otro lado observen nuestras redes sociales y el uso que hacemos de ellas. Pero como todo en la vida la posibilidad de utilizar la imagen de “nosotros mismos” no esta igualmente distribuida. Los que pueden sonreír en un yate o mostrar los lujos de los hoteles y paisajes de Europa, hacer gala del conocimiento de varios idiomas, van a tener mayor cantidad de ventajas comparados con los que subimos fotos de los paisajes autóctonos que quedan a menos de 100 kilometros de casa con una camara de un celular que apenas alcanza los 8 megapixeles. Ni siquiera la calidad de la imagen es distribuida por igual. Como me dijo un amigo que conoció a unos estudiantes norteamericanos a través de un intercambio: parecen todas fotos profesionales las que publican, y hasta se ven mucho mejor en su Instagram. Le causaba curiosidad la manera en que ellos utilizaban sus redes sociales. Vislumbró con más claridad un futuro donde el papel de dichas redes se vuelve fundamental.

La trampa en todo esto es que nos venden a las redes sociales como espacios democráticos e igualitarios donde podemos expresar casi todo lo que se nos de la gana. Sin embargo, lo que se produce es una reafirmación de la desigualdad, la que obviamente, no ha desaparecido. La diferencia es que actualmente, dicho fenómeno, se expresa en un terreno novedoso. La masificación del acceso internet ha creado un espacio de fantasía democraticazante bajo el disfraz de la existencia de una plataforma neutra, la cuál el usuario puede utilizar a gusto. Intentan hacernos creer, desde la puesta en marcha de los primeros “cibercafes”, que internet es un “lugar” donde podemos ser iguales. La realidad muestra que es solo una pantalla, un nuevo soporte, donde miles de usuarios proyectan día a día las relaciones de desigualdad que son fruto, como antaño, de la estructura social.

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Posted by Redaccion