El capitalismo del siglo XXI se presenta a sí mismo como la contra cara de la modernidad del siglo XX. Todo parece indicar que nos hemos liberados de las cadenas de la opresión que la vida en comunidad nos imponía. Ya no debemos seguir anticuados mandatos acerca de que profesión o trabajo elegir, o como relacionarnos amorosa y sexualmente, entre otras cosas. La adultez es un: “Elige tu propia aventura”. El futuro es presentado como un vasto campo vacío, el cual, puede ser llenado libremente con nuestros anhelos y deseos. El supermercado de las identidades ofrece un sinfín de identificaciones a las cuáles podemos adherir. Por fin podemos ser nosotros mismos.

Gentileza

Los “millennials” no son como sus padres: lo que buscan no debe ser definitivo. Han sido cooptados por un hedonismo sano, una curiosidad inocente por el mundo. Nuevos ciudadanos cosmopolitas. Errantes globales de un mundo que, gracias a los avances tecnológicos, les queda chico. Sin embargo, nos advierten los periodistas especializados, dicha generación no es muy apegada al trabajo y a la responsabilidad. Fueron criados por padres que tenían poco, y en su cruzada para que nada les falte a sus hijos, no los acostumbraron a la frustración y al sacrificio. Sin embargo el balance es sumamente positivo: somos más libres que ayer pero menos libres que mañana.

Tomemos un segundo para desconfiar de este clima de época. ¿Realmente somos una generación más libre y relajada? Como dice De Gaulejac, el nuevo tirano es nuestro narcisismo. El imperativo actual, solapado entre discursos sobre la libertad y el abandono de las anticuadas brújulas del siglo XX, es que seamos empresarios de nosotros mismos-hasta la salida laboral debe ser creación de los propios individuos-.

Los ojos de meritocrata de esta nueva mirada del capitalismo tardío nos juzga en función de resultados a los cuáles pocos llegan. Alimenta con películas -como la que narra la vida de Steve Jobs por citar un ejemplo- y dosis de auto-ayuda, la fantasía narcisista de que somos omnipotentes: con buenas ideas y empeño nadie está a salvo del éxito. El Dios llamado “Sociedad Posindustrial” existe, pero, igual que el dios Cristiano, nos regaló en el siglo XXI el libre albedrio, éste se libera de la responsabilidad y la pasa a los desvalidos seres humanos –sin trasladarle recursos suficientes-.

Ni siquiera existen límites para cumplir nuestros deseos. Y los que están, podrán ser corridos en un futuro. Se puede desde alquilar un vientre hasta diseñar un hijo.

Volvemos a Black Mirror, al capítulo Saint Junipero: ni estar postrado, ni la muerte, van a ser un obstáculo para vivir como deseamos en el escenario tecno-utópico que se nos presenta. ¿Este desamparo y voracidad a la que somos sometidos es la libertad que queremos? Tal vez, sea hora de volver a desempolvar y reformular algunas piezas del museo del Siglo XX, sin caer en las viejas trampas de los mandatos inapelables.

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Posted by Lucas Lucero